“El abuelo Piruleta”.

 

El abuelo Piruleta, temprano se levantaba. Eran las siete, las siete de madrugada.

Daba de comer a sus gallinas mientras que, la bragueta se rascaba.

Costumbre tenía él, de hacerlo mientras las vigilaba.

Tenía las orejas grandes el abuelo Piruleta. Grandes como eras. Tal tamaño tenían,  que de tropezarse, no se libraba. Se la antojaba buscar caracoles dándose grandes zampadas y, con la barriga que explotaba, en su sucia cama se tiraba. No sabía cómo ponerse pues, su oreja, no encajaba.

Era allá por las doce; doce de la tarde o…  mañana. Corría a  buscar el pan, a la panadería “la estacada”. Antes de llegar a casa ¡allá iba media barra! Con la otra media que le quedaba, daba sopas a su gato Pirulin, pues a este se le antojaba. Se la antojaba, tomarlas con leche morna de, una vaca escuchimizada. Sopones de leche y a dormir…Y a dormir los dos de espalda.

Las orejas del abuelo Piruleta tenían que reposar estiradas; tan estiradas como las de su gato Pirulin. Tan grandes las tenían ambos, que de ellos  se burlaban.

Del desconsuelo de tener las orejas tan grandes ya se curaron pués; en ellas encontraron zafarse de tempestades que, a los demás les asolaban.

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