El Marqués de Pulido y un gato, superviviente.

“El Marqués de Pulido y un gato, superviviente”.

El gato no estaba sentadito en su tejado –marau, miau, miau…

El gato no estaba sentadito en su tejado –marau, miau, miau…

Estos  hechos ocurrieron en una tarde de junio: Una de esas tardes que se prestaban a ser soleadas y no muy calurosas.

Al Marqués de Pulido le era imposible resistirse a unas buenas sardinas asadas sobre un buen pan de maíz. Ese día mando a uno de sus lacayos  que le trajese de las sardinas, las mejores. Nada más y nada menos que, cuatro docenas para comérselas él solito y, si podía ser a solas, mejor que mejor. Cuando la Marquesa Piconeetta se percató del olor que detectaba a leguas, por lo repugnante que le resultaba y, de que, él mismo, las estaba aviando para ser rematadas en la parrilla por si quedase algo de vida  aún en ellas de tan frescas como estaban, le replicó, que esos trabajos eran para su chusma y que a ella no se acercase en una semana ya que, el olor a sardinas se pega demasiado y perdura en el tiempo al igual que el del ajo.

Después de que la Marquesa Piconeetta se dejara la saliva en vano con su marido de papel; desapareció por arte de magia, dejándolo por imposible. Uno de los trabajos ya estaba hecho; librarse de su sargento de caballería y supervisora de causas perdidas. Fue entonces, cuando el Marques de Pulido pudo disfrutar realmente solo de pensar del atracón que se avecinaba.

En una fuente de plata de dimensiones descomunales colocó las sardinas bien marcadas de sal basta, de mar. Las sardinas aún, en sus últimos suspiros, pedían clemencia en vano. Pocas veces la tenía y con las sardinas frescas… nunca.

Los Marqueses de Pulido y Piconeetta poseían una mansión descomunal con gran terreno por donde correteaban gatos a diestro y siniestro, al igual que varias razas de perros de pitiminí.

Uno de aquellos gatos, entre tantos que tenían, le desafiaba y le tomaba a chotis; si o si, una y otra vez. Precisamente ese gato era palleiro como se dice por aquí, como palleiro me refiero a que les salió un gato común: Un bastardo de gato sinvergüenza y arrogante pero inteligente donde no quedan. Entre su prole de gatos de tan alta alcurnia, como no podía ser de otra manera, el más espabilado de todos ellos tenía que ser el más feo. ¿Qué es feo, bonito? Me preguntaba yo…

Un gato con sangre en las venas y que, a pesar de todas las precauciones que el Marqués ponía en el seguimiento de sus sardinas, el gato más feo y listo, con sigilo y siguiendo sus instintos naturales consiguió infiltrarse en las cocinas de la mansión y, de un salto que no le costó ni media se subió donde se encontraban las sardinas y que, tal hedor seductor desprendían para él. A cada mínimo murmullo  ya se ponía en guardia girando el cuello como en un exorcismo. Cuando encontró el silencio y la paz que precisaba comenzó a comérselas. Al principio, no se decidía por dónde atacar y desgració unas cuantas que terminaron en un cubo de ascuas y ceniza, deslizándose a este derechitas y bien tiesas.

A cada bocado que saboreaba, más ansias le entraban y emitía un sonido de felino salvaje defendiendo su presa aun cuando no había nadie para quitársela.

Pero lo bueno siempre se acaba y, entrando a las cocinas el Marqués, pilló al gato palleiro escuchimizado por todas partes, pero con la barriga como un tonel.

Poniéndose de todos los colores el Marqués, hizo bajar de no sé  donde, a todos los Santos y un solo Dios  una y otra vez. Casi sin aliento hasta el infinito, corrió tras el gato panzudo.

A pesar de su pesada panzada de sardinas se largó escopeteado con una en la boca. Pocos gatos quedan con tal atrevimiento y menos, en situaciones tan comprometidas y con los recovecos que una mansión de esas características tiene saliendo bien parado. Sabía perfectamente qué camino tomar empleando una destreza sin parangón. Se escurría entre las rendijas, despreciaba todo tipo de obstáculos, atravesaba ventanas abiertas a medio palmo y todo, sin soltar su presa.

Esta situación todavía encolerizaba más al Marqués y, cogiendo lo primero que le vino a la mano que fue una azada de los criados, que no se sabrá jamás cómo se encontraba en las dependencias, se dispuso a darle caza y empleó todas sus  energías en hacerse una maratón con la azada a cuestas, al igual que el gato asilvestrado con su sabrosa sardina. Sardina que no tenía intenciones de dejar atrás mal que le pesara al Marques Pulido.

Yo atónita y embargada por el momento y la situación, dejé mis quehaceres que eran en ese momento, cebar a los pavos y  limpiar la caballeriza. Trabajo poco habitual para una mujer por entonces. Ante tal espectáculo  y aprovechando el despiste, recuperándome del cansancio sobre  la piedra de un alberque que tenían me entró tal ataque de risa que  mi culo no pudo resistirse tampoco y se desahogó también.

Veía aquella diminuta figura escuchimizada corriendo campo a través con la azada arrastras y detrás del gato. ¡Igual si las tierras no fuesen de tal envergadura lo consigue! Tan poca cosa y con el peso de una azada, (elemento desconocido) detrás de un gato superviviente, la historia no podía acabar de otra manera.

El gato aun corriendo para zafarse del amo, pudo hacer dos trabajos a la vez; correr y comer.

Aquella risa loca me dejó el culo escocido y unas agujetas para el mes. Los ataques de risa fueron apaciguándose a medida que pasaba el tiempo aunque como tenga el día tonto, arranco de nuevo. ¡Solo reproduciendo la imagen del Marques de Pulido berreado y pegado a la azada! ¡Que igual era  la azada pegada a un marqués! 

Saber del gato, donde se escondía y, verlo relamerse orgullosamente…eso no tiene precio. El gato comió y durmió para quince días. El Marqués de Pulido,  quedó para toda su vida, con inquina a los gatos. Los largó a todos a patadas del lugar menos al susodicho. Con éste, no pudo. A éste, se las juró hasta el fin de los días. No recuerdo quien se murió antes…

Con el paso del tiempo las relaciones fueron cambiando y una tarde de esas tontas que puede tener cualquiera, nos encontrábamos la Marquesa y yo tomando un orujo. A pesar de las consecuencias a qué nos llevan ciertas tontunas y alegrías momentáneas, salió tal historia a la luz.

Lo primerito que pensé era que me despedirían con una mano delante y otra detrás debido al ataque de risa que me entro de nuevo. Por unos instantes contemplé el rostro atónito de la Marquesa de Piconeetta; en esta ocasión, no podía contener las risas y las lágrimas, como tampoco mi culo  pudo hacerlo de nuevo. Tal sorpresa fue la mía que, el culo de la Marquesa tampoco lo hizo y comenzando con una risa floja apaciguó mis temores un poco, hasta que la risa fue in crecendo y se disiparon del todo mis temores.

La velada terminó de la misma manera que para mí en la primera de las ocasiones. Lo mismo le sucedió a la Marquesa; con la diferencia de que esta vez, el recuerdo que me queda, es el de una banda sonora con vida propia y, que así, como años a, me encontraba en campo abierto, esta vez, era lugar cerrado.

Salimos las dos arrastrándonos, se podría decir; sujetándonos el estómago y apretando nalgas vanamente hasta alcanzar los aires libres y limpios, fuera de cualquier dependencia de la mansión.

Estas cosas no se pueden repetir… ¡O, sí!

Puntuación: 1 de 5.

Cómo hemos cambiado…? A peor personas o, a peores individuos? Que nadie se atreva a tirar ni una sola piedra.

Enlace: Carlos Merenson A partir de los siglos XVI y XVII la economía política fue el punto de referencia obligado para monarquías y súbditos, como así también para los gobiernos y ciudadanos de los nacientes Estados nación. A finales del siglo XIX, se inicia un proceso de creciente especialización dentro de las nuevas ciencias sociales que fueron …

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