#together…»Atados con bridas».

Entonces me mordí los labios y cerré los puños

«Atados con bridas».

Era una bola de fuego.

Cerré los ojos y sentí su almidonada presencia.

Sudando los dos, nos derretimos como un helado en el cemento tórrido de la urbe; en plenas canículas de verano.

Pasé de ser un unicornio a ser una temerosa y extraña, mientras que las risas de las llenas, acabaron con mis tímpanos.

El territorio por el que vagaba, carecía de manantiales y, la planicie agrietada, solo respetaba a los supervivientes.

La escasez de fuerza en mi cuerpo doloso, sediento y aturdido, no me daba espacio ni me permitía un simple respiro. El raciocinio y la esperanza, una vez más, me dejaban a solas.

La bola de fuego había regresado…, para mostrarme las líneas evocadoras y sensuales de su boca. Me dominaba otra y otra vez…, recordándome entre susurros, todo el verano que encerraba dentro.

En muchas ocasiones busco las sombras, de manera equivocada, entre terrenos pedregosos.

Me veo tirando de las riendas de un dragón y, fustigándolo con crueldad extrema. Y se asienta sobre mí, un cansancio desmedido; como si se tratara de un castigo por mi irrefrenable deseo de ejercer dominio.

Entonces me mordí los labios y cerré los puños hasta que la sangre rodó por mi barbilla, cayendo hasta mis nudillos que crujían rabiosos.

Pero mantenía mi templanza acerada, pues entiendo que, todo comienzo, despierta cuando te ríes del destino: y él…, te enseña sus dientes.

Después de, mil maldiciones, inmisericorde pasó por delante la factura de los excesos. Ahora, me hallo buscando curanderos, siendo una ermitaña.

Me someto a la soledad más fría. Una cueva sombría e inhóspita, que no me permite hablar sabiendo que, mi ausencia, obedece a un mal camino tomado por seguir los designios de, una brújula rota.

Nuevamente la noche llegó; tirando de mí y atándome con bridas.

De la nada, se reveló una bola de fuego dejándome ciega, atónita. Cuando me quise dar cuenta…, la muda maldición llegó a su fin.

Cuando el fuego entreabrió sus labios, yo cerré los ojos sin esperar nada a cambio, pero, mi sorpresa fué mayor cuando aquellos labios me besaron cálidamente en las mejillas, y, con extremo cuidado.

No deseaban terminar, quemándome y dejar unas cenizas y, sin llegar a fundirnos, nos quedamos pegados como estatuas de bronce sobre lienzo.

Ya no habrá más impulsos desenfrenados, solo quedará puro magnetismo. Una pasión dulcemente esclavizadora y…, atada con bridas.

Autora: María Preciosa Cabral Pérez

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