¡Pobre de mí!

Las cosas no son perfectas, como muchos puentes; y paso sobre ellas, cada día. ¿ No sabías que te dejan pasar? Salúdalas como el, ahora. Ese, ahora, no puede ser un mañana, no puede escapar. El mañana se desvanecerá si solamente te empeñas en pasearte por los puentes de la perfección. «la percepción existe, sin … Continuar leyendo «¡Pobre de mí!»

Las cosas no son perfectas, como muchos puentes; y paso sobre ellas, cada día. ¿ No sabías que te dejan pasar? Salúdalas como el, ahora. Ese, ahora, no puede ser un mañana, no puede escapar. El mañana se desvanecerá si solamente te empeñas en pasearte por los puentes de la perfección.

«la percepción existe, sin embargo, la perfección no».
EN ESPAÑOL
IN ENGLISH

«¡Pobre de mí!».

El cielo cayó sobre mi cabeza,

Sin ti, a mi lado…

La atmósfera, lentamente,

me iba transformando en

una, simple, mota de polvorín estelar.

¡Pobre de mí!

Terminé viajando

por el universo, solo.

Estaba en medio de la nada,

Estaba perdido y sin gravedad.

Mi destino era seguir viajando.

Sin que nadie se diera cuenta,

de lo que fui…

¿Quién presta atención,

a una mota de polvo,

en medio del universo?


«Poor me!«

The sky fell on my head

Without you, by my side…

The atmosphere, slowly

I was transforming into

a simple speck of stellar powder keg.

Poor me!

I ended up traveling

for the universe, alone.

I was in the middle of nowhere

I was lost and without gravity.

My destiny was to continue traveling.

Without anyone noticing,

of what I was…

Who pays attention,

to a speck of dust,

in the middle of the universe?

Las cosas no son perfectas y paso sobre ellas. ¿ no sabías que te dejan pasar? Salúdalas como  el, ahora. Ese, ahora, no  puede ser un mañana. El mañana se desvanecerá si solamente te empeñas en pasearte por los puentes de la perfección.
«I was in the middle of nowhere, I was lost and without gravity….»

Autora: María Preciosa Cabral Pérez

«Sombras dejan…»

Estaba  ahí desde siempre, esperando a salir.

Hoy, salí a pasear cuando anochecía. Recorría esos caminos descuidados que, muy pocas personas pisan ya. De regreso a, una ruina de casa, soplaba el aire…, el aire que me traslado a mis siete años de edad, momento en el que Jugaba con mi hermano pequeño, al ladito de casa 🏡.

Con siete años todo lo ves a lo grande. Creía tener un bosque a mi lado, y sí lo había, pero, era solo un pequeño y descuidado pinar.

Ahora, ya no son las cosas tan grandes, y dónde se encontraban esos árboles, que ahora no hay, se encuentran Robles hermosos, dando buena sombra al igual que los castaños, que por aquí se dan.

Sombras dejan…

Debajo de los carballos, asoman las campanillas con su color blanco, amarillo, y en colores azul, malva o turquesa. Ellas estuvieron, están y, siempre regresan.

La casa de mis padres está situada en una ladera donde soplan aires de mar. Sopla el viento del Norte con rabia y, en menor medida, el que, cálido, llega del Sur. Cuando sopla el viento del Sur, también lo hace con ganas, como ahora. Y, seca está la ropa tendida, en cuestión de minutos; igualito que, como entonces…

Hoy salí a pasear cuando anochecía… Recordaba esos minutos, escasos, en los que existía un trozo de cielo. Ese que bajaba hasta nosotros, ese que nos daba aliento.

Yo, tuve un hermano que llegó a mi mente, arrastrando consigo ese trocito de cielo. Seguro que estaba ahí…, desde siempre, esperando para salir, para jugar de nuevo…

Y, los dos, jugamos con el aire, batiendo los brazos, planeando como en una avioneta. Aprobechando las corrientes del Sur nos elevamos y flotamos durante un ratito, nada más…

Nos bastaba y nos basta el aire, para jugar, para estar unos segundos entre el cielo y la tierra. Hoy, ese aire que sopla, vino contigo.

Estos, son recuerdos pequeños, momentos de nada… Y, ahí estábamos, escurriéndonos entre las ranuras de la puerta sur, hasta lograr volar sin alas. Estabamos a salvo, fuera, de las bombas que caían, amenudo, de la nada.

Yo, tube ese hermano que me trae el viento del Sur, y, cuando sople el recuerdo… , jugamos de nuevo, ¿ vale?

Autora; María Preciosa Cabral Pérez

«Espantapajaros»

No hay tiempo perdido ni desperdicio en esta cruz en la que me han empalado…

“El espantapájaros”

Yo no tenía cargo de importancia. En realidad, no espantaba nada… ni pájaros, ni moscas; ni siquiera a niños asustadizos. Era un simple espantapájaros trabajando en negro y sin salario; sin embargo, me sentía feliz porque, cada pájaro que se posaba en mi sombrero, mis brazos, o se agarraba a mis piernas de palo, me contaba   historias asombrosas, historias irrepetibles e incomparables. Y yo, las contaba a su vez, a todo bicho que se acercaba.

Y, pensareis si todos tenían vidas felices como para contar bonitas historias… Pues la verdad es que no, pero…, cuando terminaban de contármelas, esbozaban una sonrisa sincera y seguían su camino o vuelo ¡tan livianos…!

¿No pensareis que se alejaban livianos, y aliviados, porque me dejaban sus cagadas? ¡Hablando en plata!

Quizás no lo entendáis, pero, una cagada pesa lo que le sobre a cada cual y según sus vicios, más, una mierda de vida puede pesar, ¡tonelaaadas!

No hay tiempo perdido ni desperdicio en esta cruz en la que me han empalado; ni mi deseo es lograr que consigo, se presente la aparición del taimado aburrimiento, cuando leáis esta corta historia.

Como soy de acoto, igualito que la que escribe sobre, ¡miii!, pasamos al desenlace:

Llegó el momento en que las inclemencias del tiempo y su manera de transitar, acaban con toda huella de lo tangible…¡Qué desgracia!

El tiempo fue destrozando mi cara, rompiendo mis brazos, deshaciendo el sombrero cutre, viejo… y terminó por doblegar, mis ridículas piernas.

Maltrecho, caí al terreno, sobre una tierra cansada. Una ráfaga de aire gélido y perdido, casi acaba con lo poco que quedaba de mi carcasa de cañas viejas y ropajes pasados de moda. Con malos modales fui tratado, ¡con muy malas maneras!, pero, aún tenía la oportunidad de regalar esos cuentos e historias tan elocuentes y seguir poniendo esa oreja que nunca tuve…, para con ello, aliviar las cargas de quienes , en mí, hallaban consuelo.

En esa ingrata postura, se las susurraba a las lombrices, escarabajos, alguna que otra mosca se acercaba; un abejorro, una perdiz, alguna que otra urraca…, ¡y, demás, que lo hacía!

Todas esas narrativas y cuitas que me regalaron no quedaron en saco roto, no;  para saco roto, el saco en el que me embotaron.

Espantapájaros sí, pero, ¡de gran relevancia!

Como mi boca se hallaba media enterrada, solo podía, a duras penas, susurrarlas con una boca apelmazada.

Y las escuchaba con mi oreja inventada y, las contaba bajito, despacio, como en “Petit Comité”.

La historia del espantapájaros contador de, y escuchador de entuertos,  corrió por aquel paraje como fuego en paja seca. Intenté ver lo que estaba pasando, con un cuarto de ojo solamente. Parecía, creer ver, a una gran fila de admiradores esperando para hablar o escuchar hasta la última de mis palabras. Susurraba y escupía por aquel engendro de boca que quedaba, ¡más de uno se llevó un perdigonazo!

Sentía que el tiempo se paraba… y mi corazón, ¡por fin se paró! Al tiempo que sentí júbilo, por tal hecho, se me revelaba la parte visible del tiempo; ese depredador insaciable…

A pesar de los contratiempos y vicisitudes con las que tuve que lidiar hasta mi final, me siento feliz, como, de igual manera,  agradecido.

Nadie podía controlarme ya que me esfumé y, ¡lo más de lo más!  Descubrí que el tiempo era el dueño de mi vida, mientras que, sin mí, él, se moría…

¡Sin mí, el tiempo se moría…!

Autora: María Preciosa Cabral Pérez

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