Inexorable destino.

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«Espantapajaros»

No hay tiempo perdido ni desperdicio en esta cruz en la que me han empalado…

“El espantapájaros”

Yo no tenía cargo de importancia. En realidad, no espantaba nada… ni pájaros, ni moscas; ni siquiera a niños asustadizos. Era un simple espantapájaros trabajando en negro y sin salario; sin embargo, me sentía feliz porque, cada pájaro que se posaba en mi sombrero, mis brazos, o se agarraba a mis piernas de palo, me contaba   historias asombrosas, historias irrepetibles e incomparables. Y yo, las contaba a su vez, a todo bicho que se acercaba.

Y, pensareis si todos tenían vidas felices como para contar bonitas historias… Pues la verdad es que no, pero…, cuando terminaban de contármelas, esbozaban una sonrisa sincera y seguían su camino o vuelo ¡tan livianos…!

¿No pensareis que se alejaban livianos, y aliviados, porque me dejaban sus cagadas? ¡Hablando en plata!

Quizás no lo entendáis, pero, una cagada pesa lo que le sobre a cada cual y según sus vicios, más, una mierda de vida puede pesar, ¡tonelaaadas!

No hay tiempo perdido ni desperdicio en esta cruz en la que me han empalado; ni mi deseo es lograr que consigo, se presente la aparición del taimado aburrimiento, cuando leáis esta corta historia.

Como soy de acoto, igualito que la que escribe sobre, ¡miii!, pasamos al desenlace:

Llegó el momento en que las inclemencias del tiempo y su manera de transitar, acaban con toda huella de lo tangible…¡Qué desgracia!

El tiempo fue destrozando mi cara, rompiendo mis brazos, deshaciendo el sombrero cutre, viejo… y terminó por doblegar, mis ridículas piernas.

Maltrecho, caí al terreno, sobre una tierra cansada. Una ráfaga de aire gélido y perdido, casi acaba con lo poco que quedaba de mi carcasa de cañas viejas y ropajes pasados de moda. Con malos modales fui tratado, ¡con muy malas maneras!, pero, aún tenía la oportunidad de regalar esos cuentos e historias tan elocuentes y seguir poniendo esa oreja que nunca tuve…, para con ello, aliviar las cargas de quienes , en mí, hallaban consuelo.

En esa ingrata postura, se las susurraba a las lombrices, escarabajos, alguna que otra mosca se acercaba; un abejorro, una perdiz, alguna que otra urraca…, ¡y, demás, que lo hacía!

Todas esas narrativas y cuitas que me regalaron no quedaron en saco roto, no;  para saco roto, el saco en el que me embotaron.

Espantapájaros sí, pero, ¡de gran relevancia!

Como mi boca se hallaba media enterrada, solo podía, a duras penas, susurrarlas con una boca apelmazada.

Y las escuchaba con mi oreja inventada y, las contaba bajito, despacio, como en “Petit Comité”.

La historia del espantapájaros contador de, y escuchador de entuertos,  corrió por aquel paraje como fuego en paja seca. Intenté ver lo que estaba pasando, con un cuarto de ojo solamente. Parecía, creer ver, a una gran fila de admiradores esperando para hablar o escuchar hasta la última de mis palabras. Susurraba y escupía por aquel engendro de boca que quedaba, ¡más de uno se llevó un perdigonazo!

Sentía que el tiempo se paraba… y mi corazón, ¡por fin se paró! Al tiempo que sentí júbilo, por tal hecho, se me revelaba la parte visible del tiempo; ese depredador insaciable…

A pesar de los contratiempos y vicisitudes con las que tuve que lidiar hasta mi final, me siento feliz, como, de igual manera,  agradecido.

Nadie podía controlarme ya que me esfumé y, ¡lo más de lo más!  Descubrí que el tiempo era el dueño de mi vida, mientras que, sin mí, él, se moría…

¡Sin mí, el tiempo se moría…!

Autora: María Preciosa Cabral Pérez

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