Fue lo que no es
Hubo un momento en que todo parecía alineado, como si el universo hubiera firmado un contrato notarial conmigo: esto eres, esto será, esto tienes. Yo también firmé, claro, sin leer la letra pequeña. Qué manía la mía de confiar en los borradores.
Después, la vida hizo lo suyo: movió una coma, borró un adjetivo, cambió el sujeto de la frase. Y eso que yo me había acostumbrado a conjugarte en presente perfecto: “ha sido”, “hemos sido”, “me soy”. Ridículo, pero entrañable. Ahora, cuando miro hacia atrás, descubro que aquello fue, sí, pero fue otra cosa. Fue lo que no es. O peor: fue lo que nunca fue, pero qué ganas tenía yo de que fuera.
No es tragedia, es inventario. Hago la lista de ilusiones caducadas, certezas con moho, promesas con filtraciones. Y, sin embargo, hay una ternura rara en admitir que me equivoqué con entusiasmo. Que puse flores en habitaciones que no existían. Que organicé mudanzas a casas que eran solo un dibujo en servilleta.
Al final, me quedo con esto: si no hubiera creído en aquello que no era, no habría descubierto esto que sí es. Este patio de locos donde sigo ensayando versiones de mí, tachando, reescribiendo, y poniendo la fecha al margen, para no olvidar que todo texto, incluso yo, está siempre en borrador.
No me reconozco.



